A 25 años del fallecimiento de Nahuel Moreno

Por Mercedes Petit

Nahuel Moreno fue uno de los principales dirigentes del trotskismo latinoamericano y fundador de una corriente de la cual forma parte la Unidad Internacional de los Trabajadores (UIT-Cuarta Internacional). Son muchos los aspectos que cubrió su intensa actividad militante, en la construcción de partidos y la elaboración teórico-política*. En medio de la crisis capitalista que sacude al mundo y del torbellino de la revolución árabe, hoy tomaremos el internacionalismo, al que definía como la “prioridad número uno”.

La actividad política del joven Moreno (1924-1987) se inició en Buenos Aires a comienzos de la década del cuarenta. Era la época en que el aparato burocrático del Partido Comunista de la Unión Soviética y sus satélites dominaban las organizaciones obreras y de masas. El rechazo a esa “sífilis” lo ligó a quienes la combatían desde la izquierda revolucionaria, los seguidores de León Trotsky (asesinado en 1940 por un agente de Stalin). Así fue conociendo lo que él definía como el “trotskismo bohemio”, cuyas tertulias se desarrollaban en el café Tortoni, lejos del movimiento obrero.

En 1944, con un puñado de jóvenes, comenzaron la construcción del GOM (Grupo Obrero Marxista), en la barriada obrera de Villa Pobladora, en Avellaneda. Desde entonces, y durante más de 40 años, dedicó su vida a la construcción del partido obrero e internacionalista en nuestro país y en muchos otros.

Superar al estalinismo

¿Hay una “razón de ser” del trotskismo? Creemos que sí. En la década del 20, dando continuidad al último combate de Lenin contra Stalin y la creciente burocracia que se apoderaba del partido y los soviets, León Trotsky y la oposición de izquierda enfrentaron a ese engendro. Fueron derrotados, pero continuaron la lucha. La revolución soviética fue traicionada, se impuso una sangrienta represión y el trotskismo, así como todo atisbo de oposición, fue diezmado. Trotsky en 1938 fundó, con unos miles de seguidores, desde el exilio y la clandestinidad, la Cuarta Internacional.

La “razón de ser” del trotskismo es construir una nueva dirección revolucionaria que, encabezando la movilización de los trabajadores y las masas oprimidas, acabe con todos los dirigentes burocráticos, con todos los privilegiados y retome la lucha por el triunfo del socialismo con democracia obrera en todo el mundo.

Esta apretada síntesis fue el motor de la actividad de Moreno: superar la crisis de dirección del movimiento obrero, instalada a partir de la burocratización en la antigua URSS. Por eso su doble obsesión: construir el partido revolucionario en Argentina, pero como parte de la tarea aún más grande y difícil, recuperar una internacional revolucionaria de masas. Por eso, denunciaba que el más grande crimen de Stalin (¡que tantos cometió!) fue la liquidación de la Tercera Internacional en 1943, para dar plenas garantías al imperialismo de que traicionaría absolutamente todas las luchas. En 1948 participó como delegado al Segundo Congreso de la Cuarta Internacional. Desde entonces dedicó gran parte de su actividad al seguimiento de la situación mundial y al acompañamiento directo de sus focos principales de insurrección.

La “oveja negra”

En la posguerra, con sus fuerzas diezmadas y sin contar con la irremplazable experiencia de Trotsky en su dirección, la Cuarta Internacional entró en una larga crisis, de la cual no se ha recuperado. Moreno representó el intento de combatir a las posiciones tanto oportunistas como sectarias que alimentaron la crisis y la dispersión del movimiento trotskista. Por ejemplo, ante el triunfo de la revolución contra Batista en Cuba y el desarrollo de las expropiaciones en el 60-61, se fue ubicando en la primera fila en la defensa de la primera revolución socialista latinoamericana, contra las posiciones sectarias y esquemáticas que la rechazaban o ignoraban. Y al mismo tiempo, combatió el oportunismo de Ernest Mandel y sus seguidores, que capitulaban a la dirección nacionalista pequeñoburguesa del castrismo, con el esquema revisionista de que “el que encabeza una revolución es revolucionario”. Mandel alentaba la concepción de que el papel de los trotskistas sería el de “asesores” de los dirigentes de masas, aunque fuesen burocráticos y conciliadores, como hicieron con Tito en Yugoslavia, Ben Bella en Argelia o Fidel Castro en Cuba. Por el contrario, Moreno llamaba a combatirlos, disputándoles la dirección para construir el partido revolucionario.

Esta ubicación hizo que Moreno en 1979, desde su exilio en Colombia, impulsara la participación de su corriente en la lucha armada del pueblo nicaragüense contra Somoza, encabezada por el Frente Sandinista de Liberación Nacional. Se formó la Brigada Simón Bolívar, que dio combatientes al Frente Sur del FSLN (donde cayeron tres de ellos), y en forma independiente tomó el puerto de Bluefields sobre el Atlántico. Luego del triunfo, cuando el sandinismo formó gobierno con un sector de la burguesía antisomocista y comenzó a disciplinar burocráticamente y desde arriba a las masas movilizadas, la Brigada impulsó la formación de sindicatos independientes. Rápidamente, los sandinistas concretaron su disolución y la expulsión de los combatientes internacionalistas. Desgraciadamente, el sector mandelista (conocido entonces como el Secretariado Unificado-SU) dio su apoyo a ese gobierno y no se solidarizó con los trotskistas detenidos, apaleados y expulsados**.

Construir una organización internacional

Moreno nos dejó su legado teórico y práctico con la obsesión de construir una organización internacional. Decía que una organización internacional, aunque fuese débil y pequeña, era absolutamente imprescindible. En primer lugar, porque no se puede elaborar un análisis lo más acertado posible de la situación internacional desde un partido nacional (lo que denominaba el “nacionaltrotskismo”). Y en segundo lugar, porque en los distintos países la construcción de los grupos y partidos revolucionarios se desarrollará combinando las luchas propias de cada lugar con el acompañamiento de los principales procesos revolucionarios regionales y mundiales. Mantenemos también el combate al sectarismo y al oportunismo. Por ejemplo, los mandelistas actuales son parte de las corrientes cada vez más escépticas sobre el triunfo de las luchas de los trabajadores y la revolución socialista. El caso emblemático es el NPA francés: un partido electoralista, alejado de las movilizaciones obreras y populares, que con la falsa bandera de la “amplitud” rechaza la construcción del partido revolucionario trotskista y vive de crisis en crisis.

Por todo esto, Izquierda Socialista es parte de la construcción de una organización internacional, la UIT-CI, junto a compañeros de otros países. Por ejemplo, los compañeros venezolanos que con la USI y C-Cura defienden la autonomía sindical y la independencia política de clase ante el gobierno de Chávez y su falso discurso del socialismo del siglo XXI. O los compañeros que en Bolivia participan de las movilizaciones contra Evo Morales. Así redoblamos nuestros esfuerzos para darle continuidad a esa tarea titánica pero imprescindible a la que dedicó su vida Nahuel Moreno.

* Para conocer más ampliamente la obra de Nahuel Moreno, véase www.nahuelmoreno.org. Algunos de sus principales textos son: El partido y la revolución, Lógica marxista y ciencias modernas, Método de interpretación de la historia argentina, La dictadura revolucionaria del proletariado. También véanse los cuatro tomos de El trotskismo obrero e internacionalista en la Argentina, coordinados por Ernesto González. ** Véase La Brigada Simón Bolívar, Ediciones El Socialista, 2009.


La situación revolucionaria mundial

Uno de los temas recurrentes de Moreno desde los años 70 era insistir en que la crisis histórica del capitalismo imperialista engendraba una “insurrección de masas”, una situación revolucionaria mundial y que se produjeran todo tipo de revoluciones. En medio de un gran ascenso de las masas, desde el fin de la Segunda Guerra y la derrota del nazismo se había producido una relativa “recuperación” de la economía mundial, pero desde mediados de los sesenta se instalaban el fin del boom y las sucesivas oleadas de la crisis crónica capitalista.

En 1985, en el congreso mundial de su corriente, señalaba los principales procesos: la derrota de la dictadura de Somoza en Nicaragua y el ascenso centroamericano, así como la caída de dictaduras en América del Sur, la revolución iraní, y otros procesos. Y decía:

“¿Por qué decimos que hay situación revolucionaria? ¿Por qué creemos que va a haber una revolución de octubre [de 1917 en Rusia, dirigida por los bolcheviques de Lenin y Trotsky y con los Soviets] en algún país del mundo? No. ¿Porque va a haber grandes movilizaciones revolucionarias, guerras civiles, crisis revolucionarias, aunque no triunfen? Sí. Creemos que hay crisis revolucionarias y que las va a seguir habiendo. Que hace cuarenta años [desde 1945] que no deja de haber crisis revolucionarias y situaciones revolucionarias en los países y regiones más dispares del mundo. […] Es lo único que queremos decir.”*

Más de 25 años después de estos debates, la realidad mundial reitera y reitera esta descripción, que tanto se ajusta al tumultuoso inicio del siglo XXI.

* Véase la colección Inéditos de Nahuel Moreno, Crux, 1991.

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